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El individualismo y los intelectuales (1898)

Autor: Émile Durkheim

La cuestión que desde hace seis meses divide tan dolorosamente al país está en camino de transformarse: simple cuestión de hecho en el origen, se ha generalizado poco a poco. La intervención reciente de un literato conocido ha ayudado mucho a este resultado. Parece que ha llegado el momento de renovar con un golpe de claridad una polémica que estaba entreteniéndose en repeticiones ociosas. Es por esto que, en lugar de retomar nuevamente la discusión de los hechos, hemos querido dar un salto y elevarnos hasta el plano de los principios: es a la idiosincrasia de los "intelectuales" , a las ideas fundamentales que ellos reclaman, y no más al detalle de su argumentación que se ha atacado. Si ellos se niegan obstinadamente "a inclinar su lógica delante de un general del ejército", es evidente que se arrogan el derecho de juzgar por sí mismos la cuestión; es que ponen su razón por encima de la autoridad, es que los derechos del individuo les parecen imprescriptibles. Es entonces su individualismo el que ha determinado su sisma. Pero entonces, se ha dicho, si se quiere volver a traer la paz a los espíritus y prevenir el retorno de discordias semejantes, es este individualismo al que es necesario enfrentar decididamente. Es necesario poner fin de una vez por todas a esta inagotable fuente de divisiones intestinas. Y una verdadera cruzada ha comenzado contra esta plaga pública, contra "esta gran enfermedad de nuestro tiempo."
Aceptamos con mucho gusto el debate en estos términos. También creemos que las controversias de ayer no hacen más que expresar superficialmente un disenso más profundo: que los espíritus se han enfrentado mucho más sobre una cuestión de principio que sobre una cuestión de hecho. Dejemos pues de lado los argumentos circunstanciales que son intercambiados de una parte y de otra; olvidémonos del affaire mismo y de los tristes espectáculos de los que hemos sido testigos. El problema que se levanta delante de nosotros sobrepasa infinitamente los incidentes actuales y debe ser abstraído de ellos.

I
Hay un primer equívoco del que es necesario desembarazarse antes de todo.
Para hacer menos dificultoso el enjuiciamiento del individualismo, se le confunde con el utilitarismo estrecho y el egoísmo utilitario de Spencer y los economistas. Esto es facilitarse la tarea y convertir la crítica en un partido sencillo. Es fácil, en efecto, denunciar como un ideal sin grandeza ese comercialismo mezquino que reduce la sociedad a no ser más que un vasto aparato de producción y de intercambio, y es demasiado claro que toda vida común es imposible si no existen intereses superiores a los intereses individuales. Que tales doctrinas sean tratadas de anárquicas es sumamente merecido y nosotros participamos de este juicio. Pero lo que es inadmisible es que se razone como si este individualismo fuera el único que existe o incluso el único posible. Por el contrario, este individualismo deviene cada vez más una rareza y una excepción. La filosofía práctica de Spencer es de tal miseria moral que ya no cuenta prácticamente con partidarios. En cuanto a los economistas, si se han dejado antaño seducir por el simplismo de esta teoría, desde hace ya mucho tiempo han sentido la necesidad de atemperar el rigor de su ortodoxia primitiva y abrirse a sentimientos más generosos. El señor de Molinari es casi el único, en Francia, que ha permanecido intratable en su obstinación y no es de mi conocimiento que haya ejercido una gran influencia sobre las ideas de nuestra época. En verdad, si el individualismo no tuviera otros representantes sería completamente inútil mover cielo y tierra de este modo para combatir a un enemigo que está en tren de perecer tranquilamente de muerte natural.
Pero existe otro individualismo sobre el que es menos fácil vencer. Ha sido profesado desde hace un siglo por la más amplia generalidad de pensadores: es aquel de Kant y de Rousseau, el de los espiritualistas, el que la "Declaración de los derechos del hombre" ha intentado, más o menos satisfactoriamente, traducir en fórmulas, el que se enseña corrientemente en nuestras escuelas y que ha devenido la base de nuestro catequismo moral. Se cree, en verdad, afectarlo bajo el manto del primero, pero las diferencias con él son profundas, y los críticos que dirigen su atención hacia uno no sabrán ponerse de acuerdo en el otro. Lejos de hacer al interés personal el objetivo de la conducta, ve en todo aquello que es móvil personal la fuente misma del mal. Según Kant, no tengo la certeza de actuar correctamente sino cuando los motivos que me determinan están ligados no a las circunstancias particulares en las que estoy situado sino a mi calidad de hombre in abstracto. A la inversa, mi acción es mala cuando no puede justificarse lógicamente más que por mi situación económica o por mi condición social, por mis intereses de clase o de casta, por mis pasiones, etc. Es por esto que la conducta inmoral se reconoce por estar ligada estrechamente a la individualidad del agente y no puede ser generalizada sin caer en un absurdo evidente. Del mismo modo, si -según Rousseau- la voluntad general, que es la base del contrato social, es infalible, si es la expresión auténtica de la justicia perfecta, es que ella es la resultante de todas las voluntades particulares; por consiguiente, ella constituye una suerte de medio impersonal del que todas las consideraciones individuales son eliminadas porque, siendo divergentes e incluso antagónicas, se neutralizan y suprimen mutuamente. Entonces, para uno y para el otro, las únicas maneras de hacer que son morales son aquellas que pueden convenir a todos los hombres indistintamente, es decir que están implicadas en la noción del hombre en general.
Henos aquí bien lejos de esta apoteosis del bienestar y el interés privados, de este culto egoísta del sí mismo que se ha podido con justicia reprochar al individualismo utilitario. Por el contrario, según estos moralistas, el deber consiste en desviar nuestras miradas de aquello que nos concierne personalmente, de todo aquello ligado a nuestra individualidad empírica, para buscar únicamente lo que reclama nuestra condición de hombres, aquello que tenemos en común con todos nuestros semejantes. Asimismo, este ideal desborda de tal modo el nivel de los fines utilitarios que aparece a las conciencias que aspiran a él como completamente marcado de religiosidad. Esta persona humana, cuya definición es como la piedra de toque a partir de la cual el bien se debe distinguir del mal, es considerada como sagrada, en el sentido ritual de la palabra por así decirlo. Ella tiene algo de esa majestad trascendente que las iglesias de todos los tiempos asignan a sus dioses; se la concibe como investida de esa propiedad misteriosa que crea un espacio vacío alrededor de las cosas santas, que las sustrae de los contactos vulgares y las retira de la circulación ordinaria. Y es precisamente de allí que viene el respeto del cual ella es objeto. Todo el que atente contra una vida humana, contra el honor de un hombre, nos inspira un sentimiento de horror, análogo desde todo punto de vista al que experimenta el creyente que ve profanar su ídolo. Una moral de este tipo no es simplemente una disciplina higiénica o una sabia economía de la existencia; es una religión en la que el hombre es, al mismo tiempo, el fiel y el Dios.
Pero esta religión es individualista, puesto que tiene al hombre por objeto y dado que el hombre es un individuo por definición. Incluso no hay sistema en el que el individualismo sea más intransigente. En ningún lugar los derechos del individuo son afirmados con más energía, puesto que el individuo es aquí colocado en el rango de las cosas sacrosantas; en ninguna parte el individuo es más celosamente protegido contra las usurpaciones provenientes del exterior, de donde quiera que vengan. La doctrina de lo útil puede fácilmente aceptar toda suerte de compromisos y transacciones sin renegar de su axioma fundamental; puede admitir que las libertades individuales sean suspendidas todas las veces que el interés del mayor número exija este sacrificio. Pero no hay acuerdo posible con un principio que es así puesto fuera y por encima de todos los intereses temporales. No hay razón de Estado que pueda justificar un atentado contra la persona cuando los derechos de la persona están por encima del Estado. Si el individualismo es por sí mismo un fermento de disolución moral, he aquí que se manifiesta más cabalmente su esencia antisocial. Se observa esta vez cuál es la gravedad de la cuestión. Porque este liberalismo del siglo XVIII que es, en el fondo, el objeto de todo el litigio, no es simplemente una teoría de gabinete, una construcción filosófica; se ha transferido a los hechos, ha penetrado nuestras instituciones y nuestras costumbres, se ha mezclado con toda nuestra vida, y si verdaderamente fuera necesario deshacernos de él, sería a toda nuestra organización moral a la que habría que reformar en el mismo movimiento.

II

Ahora bien, es ya un hecho remarcable que todos estos teóricos del individualismo no sean menos sensibles a los derechos de la colectividad que a los del individuo. Nadie ha insistido más enérgicamente que Kant sobre el carácter supraindividual de la moral y del derecho; hace de esto una suerte de consigna a la cual el hombre debe obedecer por el hecho mismo de que sea una consigna y sin tener que discutirla; y si se le ha reprochado a veces el haber exagerado la autonomía de la razón, se ha podido decir igualmente, no sin fundamentos, que él ha puesto en la base de su moral un acto de fe y de sumisión irracionales. Por otra parte, las doctrinas se juzgan sobre todo por sus productos, es decir por el espíritu de las doctrinas que ellas suscitan: ahora bien, del kantismo han salido la ética de Fichte, que está ya completamente impregnada de socialismo, y la filosofía de Hegel de la cual Marx fuera discípulo. Para Rousseau, se sabe como su individualismo disimula una concepción autoritaria de la sociedad. Como consecuencia de esto, los hombres de la Revolución, al tiempo que promulgaban la famosa "Declaración de los derechos", han hecho a Francia una, indivisible, centralizada, y puede ser necesario también ver antes que nada, en la obra revolucionaria, un gran movimiento de concentración nacional. Finalmente, la razón capital por la que los espiritualistas han siempre combatido la moral utilitaria es que ella les parece incompatible con las necesidades sociales.
¿Se dirá que este eclecticismo no puede funcionar sin contradicción? Ciertamente no pensamos defender la manera en la que estos diferentes pensadores se las han arreglado para reconciliar estos dos aspectos de sus sistemas. Si, con Rousseau, se comienza por hacer del individuo una especie de absoluto que puede y que debe satisfacerse a sí mismo, es evidentemente difícil luego explicar cómo se ha podido constituir el estado civil. Pero se trata actualmente de saber, no si tal o cual moralista ha conseguido mostrar como estas dos tendencias se reconcilian, sino si estas tendencias son por sí mismas conciliables o no. Las razones que se han dado para establecer su unidad pueden no tener valor y, sin embargo, que esta unidad sea real; y ya el hecho de que ellas se hayan encontrado generalmente en los mismos espíritus es por lo menos una presunción que son compatibles; de donde se sigue que deben depender de un mismo estado social del que ellas no son posiblemente más que dos aspectos diferentes.
Y, en efecto, una vez que se ha dejado de confundir el individualismo con su contrario, es decir con el utilitarismo, todas estas pretendidas contradicciones se desvanecen como por arte de magia. Esta religión de la humanidad tiene todo lo necesario para hablar a sus feligreses en un tono no menos imperativo que el de las religiones que ella viene a reemplazar. Lejos de limitarse a glorificar nuestros instintos, nos asigna un ideal que desborda infinitamente la naturaleza; porque no somos por naturaleza esta sabia y pura razón que, librada de todo móvil personal, legislaría en abstracto sobre su propia conducta. Sin duda, si la dignidad del individuo le viniera dada de estos caracteres individuales, de las particularidades que lo distinguen de los demás, se podría temer que ella lo encerrara en una suerte de egoísmo moral que tornaría imposible toda solidaridad. Pero, en realidad, él la recibe de una fuente más alta y que le es común con todos los hombres. Si tiene derecho a este respeto religioso, es porque tiene en sí algo de la humanidad. Es la humanidad lo respetable y sagrado; ahora bien, ella no está toda en el individuo. Está esparcida en todos sus semejantes; por consiguiente, el individuo no puede tomarla como fin de su conducta sin estar obligado a salir de sí mismo y derramarse allí fuera, en la vida común. El culto del que es a la vez el objeto y el agente, no se dirige al ser particular que él es y que lleva su nombre, sino a la persona humana, adonde ella se encuentre y bajo cualquier forma en la que se encarne. Impersonal y anónimo, tal objeto planea bien por encima de todas las conciencias particulares y puede así servirles de centro de reunión. El hecho de que no nos sea extraña (por el solo hecho de ser humana) no impide que nos domine. Ahora bien, todo lo que hace falta para que las sociedades sean coherentes, es que sus miembros tengan los ojos fijos en un mismo fin, que se encuentren en una misma fe; pero no es para nada necesario que el objeto de esta fe común se enlace a través de algún vínculo con las naturalezas individuales. En definitiva, el individualismo así entendido es la glorificación, no del sí mismo, sino del individuo en general. Tiene como resorte no al egoísmo sino a la simpatía por todo aquello que es el hombre, una piedad más profunda por todos los dolores, por todas las miserias humanas, una más ardiente necesidad de combatirlos y calmarlos, una más grande sed de justicia. No tiene para ello más que hacer comulgar a todas las buenas voluntades. Sin duda, puede suceder que el individualismo sea practicado con un espíritu completamente diferente. Algunos lo utilizan para sus propios fines personales, lo emplean como un medio para cubrir su egoísmo y sustraerse cómodamente de sus deberes para con la sociedad. Pero esta explotación abusiva del individualismo no prueba nada contra él, del mismo modo que las mentiras interesadas de la hipocresía religiosa no prueban nada contra la religión.
Pero tengo prisa por llegar a la gran objeción. Este culto del hombre tiene por primer dogma la autonomía de la razón y por primer rito el libre examen. Ahora bien, se dice, si todas las opiniones son libres, ¿por qué milagro habrán de ser armónicas? Si se forman sin conocerse y sin haber tenido en cuenta las unas a las otras, ¿cómo podrán no ser incoherentes? La anarquía intelectual y moral sería pues la consecuencia inevitable del liberalismo. Tal es el argumento, siempre refutado y siempre renaciente, que los eternos adversarios de la razón retoman periódicamente, con una perseverancia a la que nada desalienta, todas las veces que un relajamiento pasajero del espíritu humano lo pone más a su merced. Sí, es cierto que el individualismo conlleva siempre un cierto intelectualismo; porque la libertad de pensamiento es la primera de las libertades. Pero, ¿dónde se ha visto que tenga por consecuencia este absurdo engreimiento de sí mismo que encerraría a cada uno en su propio sentimiento y crearía un vacío entre las inteligencias? Lo que él exige es el derecho, para cada individuo, de conocer las cosas que puede legítimamente conocer; pero no consagra en absoluto no se que derecho a la incompetencia. Sobre una cuestión en la que no me puedo pronunciar con conocimiento de causa, no le cuesta nada a mi independencia intelectual seguir un consejo más competente. La colaboración de los hombres de ciencia no es siquiera posible sino gracias a esta mutua deferencia; continuamente cada ciencia toma prestadas de sus vecinos proposiciones que acepta sin verificación. Solo hacen falta razones a mi entendimiento para que éste se incline delante del de los demás. El respeto de la autoridad no tiene nada de incompatible con el racionalismo siempre que la autoridad esté fundada racionalmente.
Es por esto que, cuando se quiere persuadir a ciertos hombres de que incorporen un sentimiento que no es el suyo, no alcanza, para convencerlos, con volver a repetir ese lugar común de retórica banal que la sociedad no es posible sin sacrificios mutuos y sin un cierto espíritu de subordinación; hace falta además justificar en la especie la docilidad que se les demanda, demostrándoles su incompetencia. Pero si, al contrario, se trata de una de esas cuestiones que competen, por definición, al juicio común, una semejante abdicación es contraria a toda razón y, por consecuencia, al deber. Ahora bien, para saber si puede ser permitido a un tribunal condenar a un acusado sin haber oído su defensa, no se necesita un esclarecimiento intelectual especial. Es un problema de moral práctica para el que todo hombre de buen sentido es competente y del que nadie debe desinteresarse. Por lo tanto, si en estos últimos tiempos un cierto número de artistas, pero sobre todo hombres de ciencia, han creído deber negar su asentimiento a un juicio cuya legalidad les parecía sospechosa, no es que, en su calidad de químicos o de filólogos, de filósofos o de historiadores, ellos se atribuyen no se que privilegios especiales y como un derecho eminente de control sobre la cosa juzgada. Es mas bien que, siendo hombres, consideran ejercer todo su derecho de hombres y comprometerse en presencia de ellos con un asunto que compete solo a la razón. Es verdad que ellos se han mostrado más celosos de este derecho que el resto de la sociedad; pero es simplemente que, como consecuencia de sus hábitos profesionales, esta inclinación es más espontanea en ellos. Acostumbrados por la práctica del método científico a formarse un juicio sólo cuando se sienten completamente esclarecidos, es natural que cedan menos fácilmente a los arrebatos de la multitud y al prestigio de autoridad.

III
No solamente el individualismo no es la anarquía, sino que es en lo sucesivo el único sistema de creencias que puede asegurar la unidad moral del país.
En la actualidad, se escucha decir a menudo que solo una religión puede producir esta armonía. Esta proposición, que modernos profetas creen deber desarrollar con tono místico, es en el fondo un simple truísmo sobre el que todo el mundo puede estar de acuerdo. Porque se sabe que una religión no implica necesariamente símbolos y ritos propiamente dichos, templos y sacerdotes; todo este aparato exterior no es más que la parte superficial. La religión no es, esencialmente, otra cosa que un conjunto de ideas y prácticas colectivas dotadas de una particular autoridad. Desde el momento en que un fin es perseguido por todo el pueblo adquiere, como consecuencia de esta adhesión unánime, una suerte de supremacía moral que lo pone muy por encima de los fines privados y lo dota así de un carácter religioso. Por otro lado, es evidente que una sociedad no puede ser coherente si no existen entre sus miembros cierta comunidad espiritual y moral. Pero cuando simplemente se ha recordado una vez más esta evidencia sociológica, no se ha avanzado demasiado; porque si es verdad que una religión es, en un sentido, indispensable, no es menos cierto que las religiones se transforman, que la de ayer no sabrá ser la de mañana. Lo importante sería entonces que sepamos cuál debe ser la religión de hoy.
Ahora bien, todo concurre precisamente a hacer creer que la única posible es esta religión de la humanidad de la que la moral individualista es la expresión racional. ¿A qué, en efecto, podrá de aquí en adelante aferrarse la sensibilidad colectiva? A medida que las sociedades devienen más voluminosas y se esparcen en más vastos territorios, las tradiciones y las prácticas, para poder adecuarse a la diversidad de las situaciones y a la movilidad de las circunstancias, están obligadas a mantenerse en un estado de plasticidad e inconsistencia que no ofrece ya la suficiente resistencia a las variaciones individuales. Éstas, estando menos contenidas, se producen más libremente y se multiplican: es decir que cada uno sigue su propio sentido. Al mismo tiempo, por consecuencia de una división del trabajo más desarrollada, cada espíritu se encuentra enderezado hacia un punto diferente del horizonte, refleja un aspecto diferente del mundo y, por consiguiente, el contenido de las conciencias difiere de un sujeto a otro. Nos encaminamos de este modo, poco a poco, hacia un estado -que está ahora casi al alcance de la mano- en el que los miembros de un mismo grupo social no tendrán en común entre ellos más que su calidad de hombres, es decir, los atributos constitutivos de la persona humana en general. Esta idea de la persona humana, matizada de manera diferente según la diversidad de temperamentos nacionales, es la única que se mantiene, inmutable e impersonal, por encima de la marea cambiante de las opiniones particulares; y los sentimientos que ella despierta son los únicos que se encuentran en casi todos los corazones. La comunión de los espíritus no puede asentarse sobre la base de ritos y de prejuicios definidos, puesto que ritos y prejuicios son transformados por el curso de las cosas; por consiguiente, no queda nada más que los hombres puedan amar y honrar en común, salvo el hombre mismo. He aquí cómo el hombre ha devenido un dios para el hombre y por qué no puede ya, sin mentirse a sí mismo, fabricarse otros dioses. Y como cada uno de nosotros encarna algo de la humanidad, cada conciencia individual tiene algo divino en ella, y se encuentra así marcada por una peculiaridad que la vuelve sagrada e inviolable para los demás. Todo el individualismo está allí; y es esto lo que hace necesaria a la doctrina. Porque, para detener el desarrollo, sería necesario impedir a los hombres diferenciarse más y más los unos de los otros, nivelar sus personalidades, restablecer el viejo conformismo de otros tiempos, contener, por consiguiente, la tendencia de las sociedades a volverse cada día más extensas y centralizadas, y poner un obstáculo a los progresos incesantes de la división del trabajo; ahora bien, una empresa de este tipo, deseable o no, sobrepasa infinitamente las fuerzas humanas.
¿Qué se nos propone, por lo demás, en lugar de este despreciado individualismo? Se ensalzan los méritos de la moral cristiana y se nos invita discretamente a adherir a ella. ¿Pero se ignora que la originalidad del cristianismo ha consistido justamente en un destacable desarrollo del espíritu individualista? Mientras que la religión de la ciudad estaba enteramente hecha de prácticas materiales en las que el espíritu estaba ausente, el cristianismo ha hecho ver en la fe interior, en la convicción personal del individuo, la condición esencial de la piedad. Ha sido el primero en enseñar que el valor moral de los actos debe ser medido según la intención, cosa íntima por excelencia, que se sustrae por naturaleza a todos los juicios exteriores y que sólo el agente puede apreciar con competencia. El centro mismo de la vida moral ha sido de este modo transportado desde fuera hacia dentro del individuo, erigido en juez soberano de su propia conducta, sin tener que rendir cuentas más que a sí mismo y a su dios. Finalmente, consumando la separación definitiva de lo espiritual y de lo corporal, abandonando el mundo a la diputa entre los hombres, Cristo lo ha librado al mismo tiempo a la ciencia y al libre examen: así se explican los rápidos progresos que hizo el espíritu científico desde el momento en que se constituyeron las sociedades cristianas. Que no se venga pues a denunciar al individualismo como un enemigo que hay que combatir a cualquier precio!
No se lo combate más que para retornar a él, puesto que es imposible escaparse de él. No se le opone otra cosa que él mismo; toda la cuestión consiste en saber cuál es la justa medida y si hay alguna ventaja en disfrazarlo bajo otros símbolos.
Ahora bien, si es tan peligroso lo que se dice, no se ve como podría devenir inofensivo o beneficioso por el solo hecho de disimular su verdadera naturaleza con la ayuda de metáforas. Y por otro lado, si este individualismo restringido que es el cristianismo ha sido necesario hace dieciocho siglos, hay grandes posibilidades de que un individualismo más desarrollado sea indispensable hoy; porque las cosas han cambiado desde entonces. Es pues un singular error presentar a la moral individualista como el antagonista de la moral cristiana; por el contrario, deriva de ella. Aferrándonos a la primera no renegamos de nuestro pasado; no hacemos más que continuarlo.
Estamos ahora en mejores condiciones de comprender por qué razón ciertos espíritus creen deber oponer resistencia obstinada a todo lo que les parece amenazar la creencia individualista. Si toda empresa dirigida contra los derechos de un individuo los inquieta, no es solamente por simpatía por la víctima; no es tampoco por temor de tener que sufrir ellos mismos injusticias parecidas. Lo que sucede es que semejantes atentados no pueden permanecer impunes sin comprometer la existencia nacional. En efecto, es imposible que se produzcan libremente sin enervar los sentimientos que ellos violan; y como estos sentimientos son los únicos que nos son comunes, no pueden debilitarse sin que la cohesión de la sociedad se estremezca. Una religión que tolera los sacrilegios abdica todo imperio sobre las conciencias. La religión del individuo no puede entonces dejarse abofetear sin resistencia, so pena de arruinar su prestigio; y como es el único lazo que nos ata los unos a los otros, una tal debilidad no puede existir sin un principio de disolución social. De este modo el individualista, que defiende los derechos del hombre, defiende al mismo tiempo los intereses vitales de la sociedad; porque impide que se empobrezca criminalmente esta última reserva de ideas y sentimientos colectivos que son el alma misma de la nación.
Brinda a su patria el mismo servicio que el viejo romano rendía antaño a su ciudad cuando defendía los ritos tradicionales contra los aprendices temerarios. Y si hay un país en el que el individualismo sea verdaderamente nacional, es el nuestro; porque no hay ninguno que tenga su suerte tan solidarizada con la suerte de estas ideas. Somos nosotros los que le hemos dado la fórmula más reciente y es de nosotros que los demás pueblos la han recibido; y es por esto que nos hemos apasionado hasta el presente para ser sus representantes más autorizados. No podemos pues renegar de ellos ahora, sin renegar de nosotros mismos, sin disminuirnos a los ojos del mundo, sin cometer un verdadero suicidio moral. Se ha preguntado no hace mucho si no convendría tal vez consentir un eclipse pasajero de estos principios, a fin de no entorpecer el funcionamiento de una administración pública, que todo el mundo por lo demás reconoce es indispensable para la seguridad del Estado. No sabemos si la antinomia se plantea realmente bajo esta forma aguda; pero, en todo caso, si verdaderamente es necesaria una opción entre estos dos males, sería elegir la peor el sacrificar de este modo lo que ha sido hasta el día de hoy nuestra razón de ser histórica. Un órgano de la vida pública, por más importante que sea, no es más que un instrumento, un medio orientado a un fin. ¿De qué sirve conservar con tanto esmero el medio, si uno se desprende del fin? Y que triste cálculo el renunciar, para vivir, a todo lo que da valor y dignidad a la vida,
Et propter vitam vivendi perdere causas! 3

IV
En verdad, tememos que haya habido alguna ligereza en el modo en que se planteó esta campaña. Un similitud verbal ha podido hacer creer que el individualismo derivaba necesariamente de sentimientos individuales, por lo tanto egoístas. En realidad, la religión del individuo es una institución social, como todas las religiones conocidas. Es la sociedad la que nos asigna este ideal, como el único fin común que puede actualmente reunir a las voluntades. Retirarla, no teniendo otra cosa para poner en su lugar, es pues precipitarnos en esta anarquía moral que se quiere precisamente combatir.
Hace falta para ello no obstante que consideremos como perfecta y definitiva la fórmula que el siglo XVIII le ha dado al individualismo y que hayamos cometido el error de conservarla casi sin cambios. Suficiente hace un siglo, tiene ahora necesidad de ser alargada y completada. La fórmula decimonónica no presenta al individualismo mas que en su faz más negativa. Nuestros padres se habían asignado exclusivamente la tarea de liberar al individuo de las trabas políticas que entorpecían su desarrollo. La libertad de pensar, la libertad de escribir, la libertad de votar fueron entonces puestas por ellos en el rango de los bienes prioritarios que era necesario conquistar, y esta emancipación era ciertamente la condición necesaria de todos los progresos ulteriores. Solo que, arrebatados por el ardor de la lucha y volcados por entero al fin que perseguían, terminaron por no ver más y por erigir en una suerte de fin último este término próximo de sus esfuerzos. Ahora bien, la libertad política es un medio, no un fin; no tiene valor más que por la manera en que es puesta en uso; si no sirve para algo que la sobrepase, no sólo es inútil; deviene peligrosa. Arma de combate, si los que la tienen no la saben emplear en luchas fecundas, no tardan en volverse contra ellos mismos.
Y es justamente por esta razón que ha caído últimamente en un cierto descrédito. Los hombres de mi generación recuerdan cuál fue nuestro entusiasmo cuando, hace una veintena de años, vimos caer por fin las últimas barreras que contenían nuestras impaciencias. Pero ay! el desencanto llegó rápido; porque pronto sería necesario reconocer que no sabíamos que hacer con la libertad tan laboriosamente conquistada. Aquellos a quienes se la debíamos no se servirían de ella más que para desgarrarse unos a otros. Y ya desde ese momento se sentía elevarse sobre el país este viento de tristeza y desaliento, que se tornó más fuerte día a día y que debía terminar por abatir a los ánimos menos resistentes.
De este modo, no podemos conformarnos con este ideal negativo. Es necesario ir más allá de los resultados conseguidos, mas no sea para conservarlos. Si no aprendemos de una vez por todas a poner en obra los medios de acción que tenemos entre las manos, es inevitable que se deprecien. Usemos entonces nuestras libertades para averiguar lo que hay que hacer y para hacerlo, para aceitar el funcionamiento de la máquina social, tan ruda aun con los individuos, para poner a su servicio todos los medios posibles para el desarrollo de sus facultades sin obstáculos, para trabajar finalmente en la realización del famoso precepto: A cada uno según sus obras! Reconozcamos asimismo que, de una manera general, la libertad es un instrumento delicado cuyo manejo deben aprender y ejercitar nuestros niños; toda la educación moral debería estar orientada en esta dirección. Vemos que nuestra actividad no corre riesgos de que le falten objetos. Solo que, si es cierto que nos hará falta de aquí en adelante proponernos nuevos fines más allá de los que hoy nos conciernen, sería insensato renunciar a los segundos para perseguir mejor los primeros: porque los progresos necesarios no son posibles más que gracias a los progresos ya realizados. Se trata de completar, de extender, de organizar el individualismo, no de restringirlo y combatirlo. Se trata de utilizar la reflexión, no de imponerle silencio. Solo ella puede ayudarnos a salir de las dificultades presentes; no vemos aquello que pueda reemplazarla. No es meditando la Política tomada de las santas escrituras que encontraremos los medios de organizar la vida económica y de introducir más justicia en las relaciones contractuales!
En estas condiciones, ¿no aparece completamente delineado cuál es el deber? Todos aquellos que creen en la utilidad, o incluso simplemente en la necesidad de las transformaciones morales consumadas desde hace un siglo, tienen el mismo interés: deben olvidar las divergencias que los separan y mancomunar sus esfuerzos para mantener las posiciones adquiridas. Una vez atravesada la crisis, habrá ciertamente lugar para recordar las enseñanzas de la experiencia, a fin de no recaer en esta inacción esterilizante que nos trae actualmente tanto pesar; pero eso es trabajo para mañana. Para hoy, la tarea urgente y que debe realizarse antes que todas las otras, es la de salvar nuestro patrimonio moral; una vez que esté sano y salvo, veremos cómo hacerlo prosperar. Que el peligro común nos sirva al menos para sacudir nuestro entorpecimiento y hacernos retomar el gusto por la acción! Y ya, en efecto, vemos por el país iniciativas que se despiertan, buenas voluntades que se buscan. Ojalá aparezca alguno que las agrupe y las lleve al combate y tal vez la victoria no se haga esperar. Porque lo que debe tranquilizarnos en cierta medida, es que nuestros adversarios no son fuertes más que por nuestra propia debilidad. Ellos no tienen ni la fe profunda ni el ardor generoso que arrastran irresistiblemente los pueblos tanto en las grandes reacciones como en las grandes revoluciones. No ciertamente mientras pensemos en contestar su franqueza! ¿Pero cómo no sentir todo lo que su convicción tiene de improvisado? No son ni apóstoles que dejan desbordar sus cóleras o su entusiasmo, ni hombres de ciencia que nos aportan el producto de sus investigaciones y sus reflexiones; son hombres de letras que han sido seducidos por un tema interesante. Parece pues imposible que estos juegos de aficionados consigan retener por mucho tiempo a las masas, si es que nosotros sabemos actuar. Pero qué humillación si, no teniendo la mejor parte, la razón debiera terminar por tener la peor, mas no fuera por un tiempo!

Émile Durkheim, La sciencie sociale et l´action, Presses Universitaires de France, Paris, 1970. *Traducción: Federico Lorenc Valcarce - Buenos Aires, 1998

Solidaridad en Durkheim

Alumno: DL
Clase del 2 de Octubre del 2003

Durkheim desarrolla su teoría de la sociedad tratando de explicar lo social por lo social. En particular, esto significa descartar todas las explicaciones sobre la base de la psicología. Según él aparte de las conciencias de cada una de las personas que la conforman, existe una conciencia colectiva, que comprende las creencias y sentimientos comunes de dicha sociedad. En los orígenes, los hombres están en una contacto cercano con la naturaleza y la religión toma un papel fundamental como mediadora de esta relación convirtiendo los lazos sociales en lazos morales y formando lo que Durkheim denomina solidaridad.

¿Cómo se llega a esta solidaridad? Primero estaba la sociedad determinada por lo inmueble, el territorio, el cual inicialmente era considerado como sagrado y constituía de por sí ya un lazo moral, pues las personas se concentraban en razón de este territorio. Cuando el tamaño de la población ( o densidad material ) fue incrementando y las tareas ya no sólo se basaban en el territorio, sino que requerían de los bienes muebles y la propiedad privada, empezaron a dividirse tareas específicas a cada uno de sus miembros: se empieza a dividir el trabajo y las tareas en una sociedad. Las personas se vuelven independientes pero a su vez extremadamente interdependiente por la división del trabajo social. De esta manera se van desarrollando relaciones contractuales por la necesidad de unos de otros, a pesar que no han dejado de existir relaciones pre-contractuales.

Distinguimos por tanto don tipos de solidaridad: la primera es la solidaridad mecánica, que existe entre una comunidad de semejantes y está basada en tradiciones. En segundo lugar tenemos una solidaridad orgánica, que se genera por la diferencia y la interdependencia entre individuos. La solidaridad se convierte en una regla moral de las sociedades, tanto modernas como tradicionales, la cual mantiene la sociedad unida.

Sin embargo, existe, en la solidaridad orgánica, una dualidad en la sociedad respecto a los individuos pues surge un conflicto entre la sujeción a relaciones sociales y la afirmación personal. Esto genera una constante disminución de la moralidad pública; causa de muchas conductas delictivas que tratan de evitar la coacción social ejercida sobre ellos. E este fenómeno Durkheim lo denomina anomia. Por otra parte en la sociedad existen problemas estructurales, como la desigualdad. Un factor central de su incremento es el mecanismo de la herencia, que crea una desigualdad desde el origen, e impide crecientemente la fluidez del mercado. Estos fenómenos provienen de la división social del trabajo; sin embargo esto no quiere decir que ella en sí sea una patología, pues es un hecho social normal. La única manera de evitar sus consecuencias negativas es aboliendo o controlando mecanismos estructurales.

Comparación entre Marx y Durkheim.-

¿Cuáles podrían ser las premisas de Durkheim frente al pensamiento Marxista?

En sus premisas, Marx parte del individuo; es decir que para que pueda haber historia tenemos que partir desde el hecho que los individuos vivos tienen que satisfacer necesidades. Marx habla de una “religión natural” cuando la naturaleza se le presenta al hombre extraña y omnipotente. La conciencia es la que nace al mundo real y devela a la realidad tal y como es.

En cambio para Durkheim lo primero son los individuos en sociedad y a través de ella se relacionan con la naturaleza. Existe un carácter sagrado en este vínculo; vemos una relación significativa con la naturaleza, una prolongación simbólica a partir de los lazos sociales. Es en la naturaleza donde se reconoce un carácter moral de los lazos sociales; es decir, el hombre se desenvuelve en un medio moral.

Para Marx el medio es material y objetivo, tiene como fin satisfacer las necesidades. Y, aunque no se explaya mucho en el tema moral, lo ve desde la condena del trabajador a las relaciones contractuales y mercantiles y las condiciones infrahumanas en las cuales los individuos están obligados a trabajar. En cambio para Durkheim, existen lazos sociales fundamentales que tienen inicialmente un carácter moral, ellos definen un tipo de solidaridad. Todas las relaciones no son simples relaciones contractuales o utilitarias, hay una implicancia moral. La sociedad regula la conducta de los individuos, en especial a través del derecho penal. Es en este donde se regula la conciencia colectiva de una sociedad.

Marx termina viendo las relaciones sociales a través de la economía política. De ahí pues que para él la “división social de trabajo” sea un fenómeno que produce efectos perversos al colocar en primer lugar el carácter utilitario de la acción humana. En cambio para Durkheim la base de las relaciones sociales es moral, y este carácter no se pierde con el desarrollo de la “división del trabajo social”. De todos modos, también para Durkheim la economía es una esfera en la cual la moral tiene un rol muy secundario.

Clase de Durkheim

Oct. 16, 2003
Alumno: Hugo C.

Un término clave en el planteamiento de Durkheim es el de “objetividad”. La objetividad se presenta como característica del método científico. El objeto de estudio de la Sociología es objetivo; por ejemplo, no puede entenderse a través de características subjetivas de individuos tomados aisladamente. La ciencia trabaja con realidades objetivas u “objetivadas”, que deben ser tratadas como si fuesen cosas. Sin embargo, la objetividad debe ser entendida por la subjetividad; en este caso por el científico. Él no va a dejar de ser un individuo. La objetividad es una característica que debe ser alcanzada por una subjetividad.

Durkheim entiende a esta subjetividad en los siguientes términos. La ciencia es una actividad realizada por individuos, es decir, por personas. Esta condición de ser científicos sólo se explica por la sociedad en la que viven. Debido a ella las personas son seres morales; es decir, dotados de una moralidad.

La sociedad moderna se ve a sí misma como una sociedad basada en los individuos. El individualismo, sostiene Durkheim, normalmente es asimilado a nociones de utilitarismo y egoísmo. El individuo es tomado como ser supremo, sus deseos e intereses son “últimos”, todo debe inclinarse a su paso. Pero frente a esta primera noción de individualismo se opone una segunda, en la cual lo individual queda superditado a ideales superiores, que tendrían que ser ideales colectivos: hay un individuo que puede ser considerado la base de la moralidad en la medida en que sea visto como instancia de una noción universal. En cambio en el individualismo en el cual el individuo se convierte en un absoluto, dicho individuo quedaría reducido a una suerte de ego.

Para el segundo individualismo la noción de hombre termina siendo sagrada, el hombre termina siendo intocable. Esta actitud prudente hacia la vida es una religión, en la cual el hombre es a la vez creyente y Dios. El individualismo como lo defiende Durkheim no consiste en la proliferación del “yo”, sino del individuo en general.

Para Durkheim, el libre examen no es la consagración de la incompetencia. Si me adhiero a las opiniones de los que saben respecto de determinado asunto, no estoy poniendo en riesgo mi propia capacidad intelectual. Es normal aceptar lo que dicen otros sobre temas en los que ellos tienen competencia y yo no. Existe una razón que preside la búsqueda de conocimiento. Esta razón es la base de la autoridad. No existe una anarquía de “n” opiniones, sino que se trata de la opinión fundada en un conocimiento dado. El racionalismo no es, en modo alguno, incompatible con el respeto a la autoridad; en la medida que la autoridad está racionalmente fundada.

Durkheim liga el individualismo entendido en una forma positiva con el cristianismo. Establece así un trípode entre el Cristianismo, la noción de Individuo y la Ciencia. La originalidad del cristianismo consistía en un desarrollo notable del espíritu individualista. Cuando la religión estaba hecha totalmente de prácticas externas lo espiritual estaba ausente. El cristianismo demostró en su “fe” interior, en la condición personal del individuo, la condición esencial de la piedad (entendida ésta como respeto a lo sagrado).

El cristianismo sostenía que el valor moral de los actos tenía que ser medido según la intención, independientemente del resultado objetivo de dichos actos. Esto deriva en que un objeto preeminentemente interno, como es la intención, sea el objeto juzgado, y no el resultado objetivo de un determinado acto. De esta manera, el centro mismo de la vida moral fue trasladado de lo externo a lo interno, y el individuo fue elevado al nivel de juez soberano de su propia conducta, que debía dar cuenta sólo a sí mismo y a su dios. La estrecha relación entre cristianismo, individuo y ciencia explica, según Durkheim, el rápido progreso logrado por ésta desde el momento en que se establecieron las comunidades cristianas.

El punto de vista central de Durkheim es un punto de vista moral. De lo que se trata es de la moralidad que una sociedad puede producir. Para él, una sociedad con una división del trabajo desarrollada puede producir una moral en la cual estos valores puedan ser plenamente realizados. No se cae necesariamente en el egoísmo o en la anarquía. Según Durkheim, esta sociedad tiene bases morales suficientes para poder restablecerse y desarrollarse de manera dinámica y parcialmente armónica.

El individualismo que Durkheim suscribe es uno estrictamente social: es sólo sobre determinadas bases sociales que este individualismo ha podido desarrollarse. Dichas bases son 1) la división del trabajo, y 2) el cristianismo.

El énfasis en la moralidad de los actos, en la conciencia del individuo que está en contacto con un Dios que lo va a juzgar moralmente, es algo que no aparece en religiones antiguas. Aparece como una base intelectual para desarrollar la noción de individuo. Como se trata de una religión no se trata de una noción que vaya a quedarse atrapada en el estrecho círculo de unos cuantos intelectuales, porque la religión es un campo que existe para todos.

La noción de pecado sólo puede existir si hay un individuo que tiene libertad para o actuar bien o actuar mal. Hay un individuo que puede ser tentado, y ante eso, puede ceder o resistir. Esto causa que el individuo sea sustancialmente moral. El individuo es quien se salva o se condena. En el planteamiento de Durkheim hay una continuidad entre cristianismo y ciencia. La ciencia fue impulsada y desarrollada de categorías que eran centrales en la religión.

En las condiciones actuales el individualismo es algo ineludible, pero no entendiéndolo como en el S. XVIII, como la búsqueda de libertades políticas, sino que ahora la libertad política debe ser vista como un medio y no como un fin. Su valor depende de la forma en que sea usada. Si no nos sirve para un fin que está más allá de ella misma, no sólo es inútil, sino que se convierte en peligrosa.

Hoy en día no podemos limitarnos a una libertad negativa: la libertad entendida como ausencia de límites. Para preservar los logros anteriores es necesario que vayamos más allá de lo que fueron éstos. Si no aprendemos a trabajar a actuar con los medios de acción que tenemos, éstos pierden su valor.
Debemos hacer uso de nuestras libertades para buscar lo que debemos hacer y hacerlo. La libertad es un instrumento delicado que cada cual debe aprender a manejar. Toda la educación moral debería estar organizada hacia ese fin.

Las reglas del método sociológico

José Haya de la Torre
14 de Octubre

Les regles du méthode sociologique (Las reglas del método sociológico) publicada en 1895, fue una de las obras que causó mayor polémica entre toda las escritas por Durkheim, por cuestiones tales como el hecho de considerar a los fenómenos sociales como cosas. En ella Durkheim define el campo y el objeto de estudio de la sociología además de proponer un método científico para una ciencia que él entendía como nueva. En ésta y todas sus obras se encuentra un claro énfasis en la sociedad, en lo colectivo, colocando a lo individual a su interior.

En la obra de Durkheim encontramos diversos frentes en donde protagoniza fuertes polémicas y desarrolla sus ideas. Tres de ellos pueden ser planteados como dicotomías.

El primero resulta de la relación entre sociedad e individuo, donde Durkheim toma partido por la sociedad; es decir, considera que es ella la que permite entender al individuo, y no al revés. La segunda dicotomía se encuentra en el debate entre objetividad y subjetividad. Aquí Durkheim carga sus tintas hacia lo objetivo. En este punto podemos distinguir entre lo que vendría a ser la objetividad o subjetividad de los objetos de estudio en sí, de lo que sería la objetividad o subjetividad de las actitudes hacia aquellos objetos. La tercera dicotomía se da en el choque entre sociología y psicología, donde Durkheim aboga por la sociología (se aprecia aquí el largo debate con el sociólogo Gabriel Tarde, quién, en oposición a Durkheim, plantea un método sociológico basado en la psicología, a la que él llamó “interpsicología”).

La obra sociológica de Durkheim abarcó un cuarto frente que tiene especial relevancia. Éste frente se refiere a definir a lo social como un aspecto que puede ser explicado sólo por lo social. Se distancia, entonces de otras maneras de entender lo social, como podría ser la biología o la geografía . Durkheim se propone la tarea de definir a la sociología como un ciencia social en términos tales que lo social pueda entenderse a partir de si mismo. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que concluyó con éxito esta empresa.

A lo largo de su carrera docente Durkheim aglutinó muchos discípulos que destacaron en diversas disciplinas, entre ellos lingüistas como Granet, antropólogos como Mauss, economistas como Simiand, sociólogos como Halbwachs, entre otros, formando lo que podría llamarse una escuela durkheimiana. Además, Durkheim funda una revista especializada en sociología, llamada L’Anée Sociologique (“El Anuario Sociológico”), que tuvo gran importancia, pues las recensiones que se publicaban acerca de otras obras sociológicas de diversos temas permitían difundir el cuerpo de la sociología, y de alguna manera mantener una relación dinámica entre los lectores y los sociólogos investigadores que publicaban.

Durkheim es consciente de que la sociología es una ciencia que está en sus orígenes, una ciencia incipiente. Esto tiene mucha importancia, pues el autor plantea luego que la sociología debería mirar a ciencias más desarrolladas como punto de referencia para aprender de la experiencia de ellas. Sin embargo, debe dirigir esta mirada solamente en la medida en que los métodos que se aprecien en otras ciencias no violenten al objeto de la sociología. Resulta pues muy crítico de las ciencias o pseudociencias que pretenden “pasar” por sociología y no los son. Reniega además de la falta de método y organización en el trabajo sociológico que se había llevado a cabo. Es por ello que se propone exponer las bases de, lo que vendría a ser, el método sociológico; el cual debe corresponder con el objeto de estudio sociológico.

Cada ciencia tiene su campo, y debe ser lo suficientemente consistente para que pueda encontrar, en sí misma, explicación a los fenómenos que encierra. La propuesta de Durkheim es que el campo de la sociología debe estar constituida por “hechos sociales” (referido a la noción de “cosa” que se explicará más adelante), y debe tener un método que se adecue a este objeto de estudio.

Es así como la base del método sociológico para Durkheim debe ser la objetividad. Esta objetividad requiere rechazar la subjetividad, la cual siempre está pronta a aparecer. Para alcanzar la objetividad es necesario desechar lo que se entiende como prenociones , ya que éstas pueden sesgar nuestras observaciones y desarrollos analíticos, y por tanto invalidar nuestro estudio. La ciencia, en aras de la objetividad, debe buscar la “evidencia sistemática”.

Por otra parte es necesario utilizar una definición rigurosa de los fenómenos, para que dichos conceptos puedan ser aplicados a todos los casos que correspondan con dicha definición. De esta manera se eliminaría todo aspecto subjetivo de los conceptos científicos. Para ello, las definiciones deben alejarse de los casos individuales. Además en Las reglas del método sociológico Durkheim pone de manifiesto que la ciencia no tendría sentido si no nos resulta útil para la vida práctica.

En el primer capítulo Durkheim define el objeto de estudio de la sociología como los hechos sociales. Ensaya la siguiente definición, bastante completa: “todo modo de hacer, fijo o no, que puede ejercer una coerción exterior sobre el individuo; o también, que es general en todo el ámbito de una sociedad dada y que, al mismo tiempo, tiene una existencia propia, independiente de sus manifestaciones individuales” .

En su libro sobre Durkheim, Lukes afirma que éste ve los hechos sociales como extendidos a lo largo de un continuo. “En un extremo están los fenómenos sociales estructurales o morfológicos (que cuentan con un alto grado de consolidación) que constituyen el sustrato de la vida colectiva (…) Luego están las normas institucionalizadas, que pueden ser más menos formales (…) y finalmente y ocupando el resto del continuo están los hechos que no se hallan institucionalizados ya (casi no presentan grados de consolidación pero tienen la misma objetividad y el mismo ascendiente sobre el individuo)…, como pueden ser por ejemplo las corrientes de opinión” .

En el segundo capítulo, dedicado a la observación de los hechos sociales, hace referencia al comportamiento que debe tener el sociólogo frente a los hechos. Así, Durkheim propone como “primera regla, y la de carácter más fundamental el de considerar a los hechos sociales como cosas” . El gran debate que surgió en torno a esta idea debe ser analizado con mucho cuidado, ya que se puede perder el sentido que el autor dio a tal afirmación, o se puede perder el sentido real llevando a límites forzados las definiciones de las categorías empleadas.

Durkheim nos dice que son cosas en el sentido en que se oponen a la idea, como aquello que es conocido desde fuera. Son cosas en el sentido en que “no podemos hacernos una noción adecuada por mero procedimiento de análisis mental”, en el sentido en que el espíritu los puede comprender “a condición de salir de sí mismo, por medio de observaciones y experimentos, pasando de los caracteres exteriores a los más profundos. Para entender esto, es necesario tomar en cuenta que Durkheim propone que la sociología debe tomar distancia respecto a la realidad social, para estudiarla de forma objetiva. Es necesario entonces descartar las prenociones antes mencionadas. Se podría distinguir entre las prenociones del vulgo y de las de los científicos. Estas últimas deben ser descartadas por obligación, pero las prenociones del vulgo no se pueden dejar de lado, ya que constituyen hechos sociales.

Surge entonces, la pregunta de cómo se conceptualizarían los fenómenos que se quiere estudiar. Los hechos más externos deben brindar nociones preliminares que engloben a todos los hechos que presenten las mismas características. Así, Durkheim establece como regla el “no tomar nunca como objeto de nuestra investigación más que a un grupo de fenómenos previamente definidos por ciertos caracteres exteriores que le son comunes e incluir en la misma investigación a todos aquellos que corresponden a esta definición” . Es probable que las nociones que usen los sociólogos discrepen con las del sentido común. Los caracteres exteriores que percibimos primero los captamos, obviamente, primero por medio de la sensación para que luego sean razonados. El sociólogo debe ser precavido a la hora de percibir el carácter exterior de los hechos sociales, debe captarlos de una forma que sea lo más alejado posible de sus manifestaciones individuales, ya que para Durkheim la variabilidad es sospechosa de subjetividad. Debemos encontrar un término medio en las variaciones registradas previamente.

El tercer capítulo, dedicado a la distinción entre lo “normal” y lo “patológico”, tiene una importancia crucial, entre otras razones porque se refiere a la utilidad de la sociología. Utiliza ejemplos de la física, de la química y de la biología como orientadores en su estudio. En este capitulo podemos notar que, para Durkheim, la sociología cumpliría el papel de biología y medicina sobre el organismo social (sociedad). Para ello recurre a las nociones de lo normal y lo patológico (apreciamos gran influencia de la biología), y pretende darnos un criterio objetivo para poder diferenciarlas entre sí. La sociología entonces pretenderá enfrentar lo patológico en la sociedad.

El capítulo cuatro, probablemente el más débil, pretender enseñarnos cómo construir tipos sociales. Ya que lo normal y lo patológico se establecen en razón a cada organismo, resulta necesario entonces establecer tipos sociales. Este capítulo descansa muy fuertemente en la concepción evolucionista que tiene Durkheim de las sociedades.

Los últimos capítulos, el quinto y el sexto, se refieren a la explicación y a la demostración. Aquí se pone en manifiesto el énfasis en la peculiaridad de los hechos sociales –su carácter sui generis-, en aquello que los diferencia de los hechos estudiados por otras disciplinas científicas.

Encontramos en Durkheim una serie de dualidades que caracterizan el estilo de exponer sus ideas. Stanner escribe: “los historiadores de las ideas tendrán sin duda mucho que decir de la inclinación de Durkheim por el dicotomismo y el dualismo” . Encontramos por ejemplo la dicotomía entre el individuo y la sociedad, entre la solidaridad mecánica y la orgánica, entre lo sagrado y lo profano, entre las sociedades establecidas y sociedades transitorias, entre sociedades tradicionales y sociedades modernas, entre otras.

Una dualidad importante se da entre sociedad e individuo. Si bien Durkheim pone énfasis en la sociedad, no desconoce el lado individual. Él mismo dice que no hay sociedad sin individuos; sin embargo es cuando los individuos están relacionados entre sí que surge la sociedad. Ella tiene características propias que no se encuentran en los individuos particulares. Luego podemos concluir que para Durkheim los individuos asociados son la clave para entender a los individuos en sí mismos.

Este énfasis puede ser entendido viendo que para Durkheim no podemos hablar de sociedad sin hablar de hecho social. Los hechos sociales al ser considerados como cosas se oponen a las ideas en el sentido de que las cosas están “fuera” de nosotros y las ideas “dentro”, como ya dijimos. No podemos entonces mezclar ambos conceptos. La cosa ejerce sobre nosotros una fuerza llamada coerción, la cual no depende de nosotros. La sentimos y reaccionamos frente a ella (dejándonos llevar o resistiéndonos). Esa fuerza existe en hechos exteriores a nosotros. En esta línea Durkheim piensa que el individuo es hechura de la sociedad en la que vive, y no al revés.

Por ejemplo la idea de individuo autónomo es fruto de las sociedades modernas donde la división social del trabajo está muy desarrollada y los individuos se encuentran en situaciones muy diferentes. Los distintos medios sociales en los que los individuos se desenvuelven los fuerzan a ser diferentes y a realizar actividades diferentes. Resulta natural que se crean autónomos, pues se sienten autónomos. Pero la individualidad, que en efecto existe, no se explica por los individuos en sí mismos, ya que como hecho social es una realidad objetiva, con bases y resultados objetivos, a través de los cuales podemos entender al fenómeno social.

En el capitulo tres se trata, como ya dijimos, de la distinción entre lo normal y lo patológico (otro dualismo más en la teoría durkheimana). Para entender mejor esto debemos familiarizarnos con la analogía que hace Durkheim entre sociedad y organismo (biológico). En este sentido se aprecia el afán moral de Durkheim, pues pretende buscar un orden en la sociedad.

Durkheim examina críticamente la distinción entre el ser y el deber ser. Según quienes defienden de manera tajante esta distinción, la ciencia se ocuparía del ser y no del deber ser, pues no nos dice qué fines debemos perseguir. Para la ciencia no habría hechos condenables. La ciencia se ocuparía de la relación entre medios y fines, mas no de los fines en si mismos. Ante ello Durkheim objeta que “todo medio es en sí mismo un fin, y para ponerlo en práctica hay que quererlo al igual que al fin”. Apreciamos aquí el carácter práctico de la ciencia de Durkheim, pues nos dice la ciencia debe servir para dirigir la conducta.

En la distinción entre lo normal y lo patológico parece haber una analogía con la distinción entre salud y enfermedad. Durkheim encuentra un criterio objetivo en relación a este tema, aplicable tanto a las sociedades como a los individuos. Este es el que para todos, “la salud es buena y deseable, mientras que, por el contrario, la enfermedad es algo malo, que debe ser evitado”.

Durkheim examina algunas prenociones para poder distinguir científicamente entre la salud y la enfermedad. Primero descarta la prenoción del dolor como manera de definir la enfermedad (por que se puede dar en momentos saludables). La adaptación tampoco responde a la pregunta, pues no se puede distinguir objetivamente entre una mejor o peor adaptación. Tampoco explica la dicotomía la prenoción de que la disminución de posibilidades de sobrevivir define al dolor, ya que esta disminución se da muchas veces por causas naturales, o la enfermedad no tiene muchas veces ese resultado.

Descartadas todas estas prenociones lo único que nos queda es la deducción. Empezar por lo externo. Así Durkheim define: “llamaremos normales a los hechos que presentan las formas más generales”. De esta manera el tipo normal se refiere al tipo medio específico; toda desviación respecto a ese patrón es un fenómeno mórbido. Se reconoce entonces lo normal como lo común, y lo que es patológico como lo excepcional. A su vez, Durkheim pone énfasis en que es necesario identificar en qué fase de desarrollo se encuentra la sociedad para saber si algo es normal o no: lo que para una sociedad salvaje es normal, puede resultar patológico en una sociedad civilizada, y viceversa. Durkheim nos dice que “un hecho social sólo puede ser llamado normal en una especie social determinada en relación con una fase, igualmente determinada de su desarrollo.

Debemos tener cuidado a la hora de hacer la analogía entre normal/patológico y salud/enfermedad porque la misma enfermedad es algo común, y por lo tanto normal; en el sentido que en que es inherente a cada sociedad.

Durkheim propone tres proposiciones con respecto a este tema:

1) Un hecho social es normal para un tipo social determinado, considerado en una determinada fase de su desarrollo, cuando se produce en el término medio de las sociedades de ese tipo, consideradas en la fase correspondiente de su desarrollo.
2) Los resultados del método precedente se pueden verificar haciendo ver que la generalidad del fenómeno depende de las condiciones generales de la vida colectiva en el tipo social considerado.
3) En necesario efectuar esta verificación, cuando ese hecho se refiere a una especie social que aún no ha terminado la totalidad de su evolución

Se nota al acento que pone Durkheim en el carácter orgánico de la sociedad, y además en lo que respecta al desarrollo de las sociedades (el cambio como característica inherente de la sociedad), es en ese punto donde se aleja de la biología. Porque si bien sabemos que las especies evolucionan, lo hacen en un proceso muy lento casi imperceptible, por el contrario, los cambios en las sociedades pueden muy bruscos y en una dirección determinada. Luego, podemos reconocer momentos de transición donde surgen nuevas formas de pensar, de sentir, que serán la normalidad del futuro. En este momento la gente sigue pensando, sintiendo y actuando con las formas obsoletas, entonces, lo que aparece como patológico será después lo normal. Es, en general, a partir de las desviaciones de las normas, que se proponen nuevas formas, nuevos valores, que se establecerán en la normalidad futura.

El criterio teórico de la distinción entre lo normal y lo patológico, se asienta en la generalidad de los fenómenos normales; el criterio empírico es el de la sujeción del fenómeno patológico a las condiciones generales de vida del tipo social considerado . Este criterio se vuelve necesario, pues en las sociedades actuales encontramos que muchos fenómenos, que Durkheim considera patológicos, se encuentran generalizados.

Es así como Durkheim se ve en la necesidad de postular la anormalidad de esos fenómenos refiriéndose a una sociedad futura. Recordemos que Durkheim hace la separación entre sociedades establecidas y sociedades transitorias (distinción que deriva de Saint-Simon ). La sociedad desde la que él escribe es una sociedad transitoria, pero sus conceptos hacen referencia a una sociedad futura, la que supuestamente ha de establecerse. En aquella sociedad, suponemos, muchos fenómenos patológicos dejarán de ser generalizados y se podrá aplicar de manera más directa los conceptos del autor.

El problema es que esa sociedad futura da sospechas de no llegar, al menos en los términos que definirían a lo patológico como tal. Queremos decir con esto dos cosas, no necesariamente excluyentes entre sí. En primer lugar, que la sociedad que Durkheim imagina como próxima a establecerse podría sorprender con impensados arreglos que no cabrían en los conceptos propuestos por el autor, donde lo patológico no sea normal. En segundo lugar, podría suceder tal vez, que no exista una sociedad totalmente establecida (en estricto sentido no existe). Puede ser que Durkheim no haya percibido (o no haya querido percibir) el carácter ambiguo y contradictorio de la sociedad, donde muchos fenómenos patológicos sigan generalizados, anhelando la llegada de “la” sociedad establecida. En todo caso surge un tema de discusión y de debate al preguntarnos hasta dónde llegan las definiciones de Durkheim en su afán de aplicarse a todos los fenómenos .

Si bien lo patológico es algo “normal” en las sociedades, inherente a ellas, las distintas patologías deben ser tomadas como anormales en cada sociedad para que puedan ser contrarrestadas. La patología misma, si se quiere, puede ser enfrentada como algo anormal. Apreciamos aquí el carácter práctico de la propuesta durkheimiana, y he ahí su carácter moral. Pues pretende calificar de bueno y malo, fenómenos sociales específicos.

Otro punto de vista con el que podría mirarse el problema sería ver a las contradicciones sociales como parte de la realidad misma, mas no como algo patológico; es decir, que no estén cargadas de la moralidad que Durkheim impone en su distinción. Simplemente que sean, pero esto merece mayor estudio.

Según Lukes “el fundamento de esta distinción es el deseo de Durkheim de proporcionar una base científica a sus juicios de valor”. Si esto es cierto, no le resta mérito, pues logra su propósito y genera un aporte importantísimo para las ciencias sociales (e incluso para las ciencias en general). Lukes critica que en Durkheim la salud esté determinada por las condiciones de vida, porque esto impide ver alternativas históricas para cualquier nivel de desarrollo. El temperamento dicotomizante de la postura durkheimana lleva a que “tienda a idealizar a las sociedades que concebía como integradas, ignorando sus tensiones y sus conflictos internos, mientras que para él las realidades de su propia realidad sólo son desviaciones patológicas del que debería ser su estado futuro, normal, idealmente integrado” .

Clase de Durkheim

21 y 23 de octubre
Manuel Dammert

Lo que caracteriza la modernidad, a juicio de Durkheim, es la expansión de la división del trabajo social. Es el paso de una solidaridad orgánica a una mecánica. Pero el trabajo social no significa solamente la cohesión de los individuos en todos los niveles, sino que puede traer consigo resultados que pueden ser denominados patológicos.

La división del trabajo actual (desde fines del siglo XVIII) puede entenderse, a grandes rasgos, como la extrema especialización en el trabajo. Puede haber división de tareas sin especialización, donde cada cual llegado el caso puede realizar casi cualquier tarea; pero ambos fenómenos son muy diferentes el uno del otro . Para Durkheim, a diferencia de Marx, la división del trabajo social es una fuente de cohesión frente al debilitamiento de la moralidad colectiva. Esto último puede entenderse a partir del paso de una solidaridad mecánica (donde la cohesión proviene de las creencias y acciones comunes), a una solidaridad orgánica (donde el rasgo principal es la diferencia, así como la interdependencia entre los individuos y sus acciones y creencias).

Es así que la aparición de la gran industria ha significado la materialización de la división del trabajo social, pero ésta no solo ha traído cohesión, sino conflictos. Estos conflictos pueden observarse en la relación entre los propietarios y los trabajadores. Este conflicto, para Durkheim, no se encuentra en el conflicto de intereses que planteaba Marx, sino en la falta de una moralidad común que integre a los diferentes individuos. También menciona que las clases obreras no quieren realmente la condición que tienen, sino que aceptan la misma por obligación, debido a la falta de medios para conseguir otra condición. Es decir, el mercado, la libre competencia, que debía conseguir que los individuos logren el lugar adecuado a sus capacidades, no funciona adecuadamente, por causas que veremos más adelante. [OJO]

Las necesidades no están determinadas solamente por la naturaleza. Las necesidades primarias si lo están, pero las otras necesidades van surgiendo de acuerdo a como avanza la sociedad. Para Durkheim, las necesidades humanas no tienen límites, debido a que la razón nos da la capacidad de percibir mejores condiciones y anhelarlas. Este anhelo, a un nivel exagerado, puede llevar a que se produzcan quiebres en el equilibrio de la sociedad y se dé una anomia generalizada. Por esto es que el individuo debe tener un límite. Es prácticamente imposible que dicho límite sea auto-impuesto, de modo que debe provenir de un agente externo al mismo: la sociedad. La libertad del individuo no reside en la falta de la regla; por el contrario, la libertad se encuentra mediada por las reglas y solo se puede ejercer mediante la regla.

El limite que les debe de ser impuesto a los individuos debe de provenir del exterior en forma de un poder moral. Este poder moral, que debe de coaccionar a los individuos, debe de ser un poder moderador que se componga por la sociedad en general o por algunos de sus órganos.
Según Durkheim es fundamental para la sociología poder diferenciar entre lo normal y lo patológico. Para que la sociología sea una ciencia es preciso que la generalidad de los fenómenos sea considerada como criterio de su normalidad. Lo patológico estará vinculado a lo que se aleje del “tipo medio” (lo excepcional).

Pero este criterio no queda muy claro en la propuesta de Durkheim, ya que una serie de fenómenos patológicos, en tanto que son perjudiciales, son “normales” en el sentido de que es imposible deshacerse de ellos, eliminarlos. Así, el crimen es “normal”, en la medida en que no cabe una sociedad que no lo conozca. Así, también, es normal su castigo.

En parte estos problemas son enfrentados a través de la referencia al grado en el que lo patológico se va a hacer presente. O también afirmando que un fenómeno “normal” se vuelve patológico cuando se vuelve exageradamente presente. Me parece que la intención que le da Durkheim a la sociología queda muy clara en los últimos párrafos del capitulo 3 de Las Reglas…; en donde plantea una analogía entre el medico y el sociólogo. Pero creo que esta diferenciación no queda muy clara, y debe de ser analizada (por mi parte claro está) con mayor cuidado.

Pero su análisis de lo patológico y lo normal, nos lleva a lo que él consideraba la patología central de las sociedades modernas: la anomia. Este es un tema central en toda la obra de Durkheim, y del cual él dio más de una formulación. Desde un punto de vista macrosociológico (De la División del Trabajo Social, Libro III) la anomia es un desajuste entre estructuras. Ej., entre economía, familia, ciencia, educación, religión, Estado. Pero también se manifiesta en conductas individuales, como es el caso del suicidio, el cual se va a reflejar en un plano global a través de la “tasa social de suicidio”. En el caso del suicidio anómico, ante cambios económicos, culturales, sociales, etc., el individuo no encuentra puntos normativos de referencia lo suficientemente claros, por los cuales antes podía desenvolverse de manera normal. Este efecto puede ser más o menos duradero o profundo.

La anomia puede ser entendida como una patología asociada al nacimiento de la solidaridad orgánica. Al especializarse el trabajo, puede darse el caso de que los sujetos se sientan solos, y dejen de percibir un vínculo común con los demás individuos con los que trabaja y con los que vive. Esta situación no es normal porque la división del trabajo no necesariamente pone a los individuos en esta posición.

El problema de la sociedad, en el momento en el que Durkheim escribe esto, es la falta de reglas claras y pertinentes a todos los individuos. La falta de este poder moral lleva a que se apele a la coacción física de unos sobre otros; por ejemplo, a la coacción contra los trabajadores por parte de los propietarios. La falta de este poder moral, influye directamente en la propagación de la anomia. Por esto, Durkheim va a plantear que son los grupos profesionales o corporaciones las encargadas de ejercer este papel moral frente a los individuos.

La pregunta que intenta responder Durkheim en uno de sus textos, es sobre si la no existencia o débil presencia de las corporaciones debe de llevarnos a rechazarlas como si fueran parte del pasado. En esta argumentación se puede dejar entrever el análisis que hace de lo normal y lo patológico, y con mayor claridad en uno de los ejemplos que desarrolla en dicho texto.

Las corporaciones no solo han sido parte del pasado inmediato, sino que pueden encontrarse en épocas tan remotas como la época romana. En esta revisión histórica, Durkheim encuentra los argumentos para rechazar la idea de que como las corporaciones han sido parte del pasado, el cambio de “régimen” debe traer consigo su desaparición. Según él las corporaciones desaparecen momentáneamente en el medioevo debido a que no lograron evolucionar al ritmo de la sociedad, pero esta desaparición momentánea deja el espacio para que ahora, que se les necesita, vuelvan a aparecer. Podrían ser la base del poder moral que la sociedad necesita para mantenerse integrada, y para que la anomia no se generalice ni que prevalezca la ley del mas fuerte.

Las corporaciones no son necesarias por los servicios económicos que puedan brindar, sino por la influencia moral que podría tener; la corporación es, de alguna manera, la heredera de la familia. Los actores de una misma industria o campo de actividad, unidos y organizados en un mismo grupo, a través del carácter moral e integrador de la corporación, harían frente a la “individualización” moderna, y ayudaría para detener la falta de la moralidad colectiva. Los individuos que integran las corporaciones, son los que trabajan juntos, y los que a partir de su unión u organización se darían cuenta de sus intereses comunes, de sus intereses solidarios entre ellos. Este seria el terreno propicio para la formación de ideas y sentimientos sociales.

El poder moral está basado en la subordinación de los intereses particulares a uno general. La corporación es la encargada de dar leyes para los hombres, pero al mismo tiempo estar tan cerca del “mundo” como para estimularlas en su verdadero valor. Para poder controlar la anomia es necesario la formación de un grupo que establezca reglas necesarias. Este grupo, como ya ha sido mencionado, son las corporaciones.

No debe entenderse la falta de corporaciones como la única causa de la anomia, ni la única causa de los problemas que se encuentran en la sociedad. Pero a juicio de Durkheim, es el principal y primero a resolver para hacer frente a estos problemas. El Estado, por otro lado, debe de cumplir la función de frenar el particularismo de cada corporación y velar por el interés común.

Lo propuesta de Durkheim se basa en tratar los hechos sociales como cosas. Un ejemplo de estos “hechos sociales” (corrientes sociales) se ve reflejado en su estudio sobre el suicido. El suicido es un trabajo que intenta mostrar empíricamente la capacidad de la Sociología para esclarecer los fenómenos sociales mediante las pautas establecidas en Las Reglas del Método Sociológico. Es decir, que existen hechos sociales o corrientes sociales que son externas y coercitivas al individuo, aún cuando, como en el caso de un acto privado como es el quitarse la vida, el “elemento social” parezca estar por completo ausente..

Los tipos de suicidio van de la mano de la constitución moral da cada sociedad. Durkheim encuentra tres tipos de suicido: el egoísta, el altruista y el anomico.

El primero se da cuando el individuo no se siente parte de la colectividad debido a la ausencia o debilidad de lazos sociales; ese sentimiento de vacío y falta de significado lo lleva a suicidarse. En el suicidio altruista el individuo da su vida por la colectividad, por la sociedad a la que pertenece, o por sus creencias.

El tercer tipo de suicido, y el más importante, es el anomico. Tiene lugar cuando las reglas de la sociedad dejan de actuar sobre el individuo. Este tipo de suicido aparece ante cambios bruscos por los que pasa una sociedad (p.ej. una crisis económica, pero también un repentino auge económico; divorcio, viudez, etc.) donde los antiguos valores son dejados de lado y no aparecen nuevos marcos. Este tipo de “interrupciones” en la vida cotidiana puede ser entendido como la pausa y debilitamiento de las reglas morales de la sociedad. La relación entre el suicido anomico y la desregulación de las normas comunes podría entenderse como causal. Estas interrupciones o desregulaciones son la causa, aunque no única, del suicido anomico.

Toda sociedad presenta desviaciones frente a la norma, violaciones a la moral colectiva. Estas “desviaciones” son una imperfección inevitable, e incluso necesaria. Es necesaria porque como reacción ante los actos contrarios, reafirma los valores comunes. Toda sociedad necesita de una contraparte a sus valores morales. Este aspecto también se acomoda al ejemplo de crimen que realiza en Las reglas…en el capitulo referente a lo normal y lo patológico.

El suicidio, acto considerado tan personal, es mostrado en su carácter social. Durkheim muestra como las corrientes sociales influyen en los actos que realiza el individuo, y en este caso en la decisión de suicidarse o no.

Marx vs Durkheim

Alonso Carbajal
[DEBATE: jueves 2 de octubre]

Un punto interesante a subrayar es el aspecto de los contextos en los cuales escribieron Marx y Durkheim: Alemania y Francia, respectivamente. Esta última en su fase republicana, en plena búsqueda de la reintegración. Se remarcó en Durkheim su esfuerzo por explicar lo social por lo social. El tema de la propiedad –a diferencia de Marx- tiene una base religiosa y es la religión mediadora entre el hombre y la naturaleza. La conciencia colectiva se asienta en el conjunto de creencias y de sentimientos comunes.

A partir de la división del trabajo social aparece la solidaridad orgánica como regla moral. Durkheim reconoce la importancia del intercambio, pero no como la base fundamental de la sociedad.

En el tratamiento del tema de la propiedad hay semejanza entre Marx y Durkheim, en tanto, para ambos la propiedad individual surge de la colectiva , por lo que se hace necesario la pertenencia a una entidad comunitaria. Pero la solidaridad no se basa en la división del trabajo. Las relaciones contractuales (acuerdos conscientes y voluntarios) se basan en lazos que a su vez no se han establecido mediante un acuerdo.

La división del trabajo propugna un sentimiento de solidaridad (coorporación, integración, cooperación). La solidaridad puede ser mecánica (semejanzas: sangre, suelo, tradición) u orgánica (diferencias).

Se plantearon algunas preguntas en torno a las lecturas:

¿Cómo queda el individuo, entre la sujeción a reglas, de un lado, y la afirmación personal, por el otro?

¿Qué ocurre con la desigualdad –que podría ser creciente- en el enfoque de Durkheim?

¿El conocimiento especializado se concentra en un grupo o se difunde en beneficio de lo colectivo?

¿Puede haber dentro del enfoque durkheimiano una coexistencia armónica?

¿El desarrollo de la racionalidad parte de lo religioso? ¿Es base de una nueva moralidad?

Durkheim no ignora estos temas. Para él no se trata de desechar el sistema existente, sino de controlar los problemas al interior de dicho sistema. La tarea de la sociología es buscar salidas a esos problemas. Por ejemplo, Durkheim sostiene que el sistema de mercado es productor de desigualdades. La herencia va obstruyendo la fluidez del mecanismo del mercado, limitando la competencia. De ahí él deduce la necesidad de abolir la herencia.

Marx parte de individuos que están impelidos a satisfacer un conjunto de necesidades. En cambio en Durkheim dichos individuos aparecen viviendo en un medio social, a través del cual se relacionan con la naturaleza. A su vez la naturaleza va a asumir inicialmente un carácter sagrado. Marx afirma algo similar en La Ideología Alemana, cuando habla de una ‘religión natural’ en la que existe una relación religiosa frente a la naturaleza Esta religión es previa a la división del trabajo, a la división de clases.

En el caso de Durkheim, se plantea una relación significativa con la naturaleza: suerte de prolongación de la sociedad. Esta relación se hace significativa a través de las categorías sociales. La naturaleza no es vista como fuente de recursos, sino como medio de prolongación simbólica de los lazos sociales. En esa relación con la naturaleza se manifiesta el carácter moral de los lazos sociales. Ése es el medio primordial donde los individuos existen. En Marx, los individuos tienen un medio material.

Marx trata fugazmente el elemento moral. Por ejemplo, al escribir sobre los límites que se imponen a la jornada de trabajo: aparte de límites físicos existen, dice, límites morales. Los constata empíricamente, pero no los trabaja teóricamente. En contraste Durkheim sí trata claramente dicho elemento. Una manifestación de ello es la preeminencia que le da al derecho, como cristalización de la costumbre, y en particular al derecho penal. En él por lo general las leyes carecen de “considerandos” –a diferencia del derecho civil- pues la sociedad tiene profundos consensos (“sentimientos colectivos”) sobre los actos que deben ser sancionados. Es diferente en el derecho civil, en el cual las leyes generalmente requieren de fundamentación.

Durkheim llama solidaridad a los lazos sociales en tanto que están fundamentados en la moralidad. Esto no tiene nada que ver con la división del trabajo, pues ella existe en sociedades donde ella no existe. Durkheim rechaza que la sociedad pueda estar basada en la división del trabajo. Es su tesis frente a la economía marginalista de su época . Los lazos que plantea Durkheim, no dejan de existir por la división del trabajo. La división del trabajo es una fuente de moralidad y es cada sociedad la encargada de elaborar su propia moralidad.

En cambio, para Marx la división del trabajo es la fuente de la civilización, y al mismo tiempo la ‘fuente del mal’, el origen de las divisiones sociales. A pesar de ello ve un futuro en el cual se podrá abolir pues la división del trabajo no es algo intocable. En cambio para Durkheim la división del trabajo social es una realidad sin alternativas. Es un hecho moral, pero es una fuente limitada de moralidad, por el peso que en ella tienen las consideraciones económicas.

¿Qué pasa con esas relaciones contractuales? Para Durkheim no son simplemente utilitarias. Hay también una implicancia moral en esas relaciones. La economía las ve como simple relaciones utilitarias. Por lo mismo Marx las rechaza, porque las ve con el lente de la economía política.


Los hechos sociales como cosas sui generis. Implicancias para teoría método
[CLASE: martes 14 de octubre]

Émile Durkheim pone énfasis en lo colectivo frente a lo individual. Este énfasis sin embargo no ha sido el único; es decir, en la trayectoria académica de Durkheim hay varios frentes mediante los cuales busca constituir un espacio para la sociología como ciencia y se reconocida. Uno de ellos es el de sociedad / individuo. Partir del primer componente para entender al segundo (objetividad  subjetividad // objetos de estudio  actitud ante los objetos de estudio) Del contexto que vivió Durkheim puede señalarse otro frente más, cual es la polaridad: sociología / psicología. En él mantuvo una extensa polémica con Gabriel Tarde (1843 – 1904).

Durkheim se esfuerza por explicar lo social por lo social, y este ya es un escenario polémico. Se distancia, a su vez, de otras maneras de entender lo social: por la geografía (determinismo geográfico), por la biología (noción de raza), por la psicología; es decir, rechaza los factores extrasociales. Tendrá éxito al definir a la sociología como ciencia de lo social; lo social explicado por sí mismo: un hecho social se entiende por otro.

Librará un conjunto de polémicas sobre todo con la publicación de “Las reglas del método”. Durkheim era un organizador además de un intelectual; fue tal su obra que tras su muerte la Sociología en Francia quedará dividida entre los durkheimnianos y los antidurkheimnianos. Sus ‘discípulos’ continuaron su obra, aunque muchos de ellos no se dedicaron a la sociología. L'Année sociologique (1896), publicación fundada por él, se constituyó como una medio de difusión sistemática del cuerpo de los estudios sociológicos.

Durkheim era consciente que la sociología era una ciencia incipiente por ser una ciencia naciente. Rechaza la ausencia de método, de coherencia. Critica por eso a Tarde, a Herbert Spencer. Quiere sentar las bases del método, método que tiene que corresponderse con su objeto. Para desarrollarse la sociología debe mirar a ciencias que hayan logrado el desarrollo; debe atender a ellas pero como un punto de referencia, y sólo en la medida en que los métodos ahí encontrados no violenten el objeto propio de la sociología. El método científico debe controlar, y muy en particular en la sociología, la subjetividad. Entre otras vías ella aparece a través de las ideas de sentido común, las pre-nociones, las cuales son ideas aceptadas sin mayor demostración, pues coinciden con el modo de vida de las personas que las contienen.

Para evitar la subjetividad, la ciencia ha de buscar evidencia sistemática; es decir, una definición rigurosa de los fenómenos. Dicha definición ha de adecuarse a todos los casos; alejarse de los rasgos atribuibles a tal o cual caso individual, y definir mediante el término medio. Ello contribuye a que puedan realizarse estudios cuantitativos. Le Suicide (1897), fue la primera obra sociológica que, sustentada en una base teórica consistente, basaba su evidencia en información estadística.

Para que una disciplina exista debe haber un campo de fenómenos consistente donde se pueda encontrar explicaciones a los fenómenos inciertos. Además, deben estar constituidos por hechos; en este caso, por hechos sociales.

Durkheim define a la sociedad en términos generales como un organismo. Tomando como referencia los organismos biológicos, Durkheim asume la polaridad normal / patológico para distinguir dos grandes clases de hechos sociales. Esto es clave para su idea de lo que es la Sociología como ciencia aplicada: si no existieran hechos patológicos no tendría sentido la sociología.

Por otra parte la concepción que tiene Durkheim de la sociedad está basada en una concepción liberal. Durkheim no deja de ser un liberal, a su modo. Es así que en sus ideas lo que tenemos es una dualidad entre sociedad e individuo.

Para Durkheim no puede haber sociología si es que no hablamos de hechos sociales. Ellos deben ser considerados como cosas. La cosa se opone a la idea; la cosa está fuera de nosotros, no así, la idea. No debemos confundir lo uno con lo otro. Ahora bien, la cosa ejerce sobre nosotros un determinado efecto, que Durkheim llamará coerción o coacción. Una fuerza que no depende de nosotros. Dicha fuerza nosotros la sentimos, y ante ella, podemos reaccionar de distintas maneras. De un lado, nos dejaremos llevar o, de otro, resistiremos a esa fuerza.

En el caso de la sociedad, también podemos resistir a esas presiones sociales. Al ejercer resistencia cabe, a su vez, dos posibilidades: ganar o perder. Por ejemplo, si soy un empresario industrial y decido usar maquinaria vetusta el resultado será que no resistiré a la competencia o en el mejor de los casos, me mantendré en el mercado. Durkheim no prejuzga cuál será el resultado de esa resistencia, ni le interesa demostrar que el individuo “vaya a perder”. Lo único que busca es demostrar que si uno siente dicha fuerza, entonces esa fuerza es exterior.

La fuerza de la que habla Durkheim es social con distintos caracteres. En algunos casos se trata de fuerzas “objetivas”, como la de la tecnología, de la moneda; en otros hay de por medio una coerción moral. Pero siempre se trata de hechos exteriores a nosotros que ejercen una fuerza coactiva en una dirección determinada. Si sentimos esa fuerza, entonces ella existe.

De otro lado, Durkheim piensa que el individuo es hechura de la sociedad en la cual vive y no al revés. Por ejemplo, el idioma o las ideas que tenemos. Todo ello lo experimentamos como propios.

¿Pero de dónde puede surgir la idea de un individuo absolutamente autónomo?. Esta idea proviene, según Durkheim, una determinada forma de sociedad, donde existe una muy desarrollada división del trabajo social. Él quería responder cómo es que en una sociedad donde los individuos son más interdependientes entre sí que en ninguna otra sociedad, haya tal nivel de individualidad que los individuos crean ser, se sientan ser, actúen como si fueran totalmente autónomos.
Hay pues, una paradoja. En nuestra sociedad, no cabe la posibilidad de un solo día sin división del trabajo. Es como estar atados a muchos individuos. Sin embargo, creemos ser perfectamente autónomos. Esto sucede, según Durkheim, porque la división del trabajo hace que cada uno de nosotros esté en situaciones diferentes a las de los demás. Por ejemplo, el término de moral: cómo evaluar la creatividad, o la disciplina? ¿Cómo deben ser los individuos? No hay una respuesta única para el soldado, el funcionario, el artista, el niño, el adulto. Entonces son los distintos medios los que hacen que los individuos tengan que ser diferentes. Es la sociedad la que nos dota de particularidades.

El tener individuos diferentes que desarrollen su propia personalidad, sus propios gustos, etc., no deja de ser un hecho real. Es real la interdependencia y es real la individualidad. Lo que no es cierto es que esa individualidad se explique por los individuos. Los hechos sociales no pueden ser explicados por la individualidad porque son realidades marcadas por su objetividad. La individualidad es un hecho que tiene bases objetivas y resultados objetivos.

Durkheim señala que en la sociedad no hay nada más que individuos. Pero una cosa es cuando ellos están separados y otra muy distinta cuando están reunidos, relacionados entre sí formando una sociedad. A partir de esto se puede entender la noción de propiedades emergentes. Así, dentro de los individuos no encontraremos los rasgos que caracterizan a la sociedad, sino sólo al relacionar a éstos entre sí. Durkheim pone en claro –al menos puede deducirse porque no lo llega a especificar- la noción de relaciones sociales como elemento constitutivo de la sociedad. Implícita está la idea de las propiedades emergentes; exactamente ahí donde se produce la moralidad. Se afirma entonces que los individuos asociados son la clave para entender a los individuos en sí mismos.

“Los hechos sociales no son sino formas de hacer, sentir y pensar que se han consolidado” Ejemplo: nos encontramos con una determinada distribución de la población en el territorio, con arquitectura de vivienda, de vías de comunicación, … son como componentes morfológicos de la sociedad. Estas formas de ser son las mismas formas de hacer, sentir y pensar (como el lado fisiológico), pero que han logrado un mayor nivel de consolidación. ¿Pero quién hace, quién siente, quién piensa? ¿el individuo?

En Les Règles de la méthode sociologique (1895), Durkheim afirma que hay que tratar a los fenómenos como hechos. Distanciarnos de la realidad para poder estudiarla de forma objetiva.

Durkheim distingue dos tipos de prenociones: las de la población en general (el vulgo); y de otro lado, las de los científicos. Ambas requieren de tratamientos diferenciados. Las primeras, en la medida en que tienen un carácter general y ejercen un efecto coercitivo sobre las personas son hechos sociales; en cambio, las pre-nociones de los científicos no llegan a tener ese carácter.

La siguiente tarea que señala Durkheim es cómo se van a conceptualizar los fenómenos que se desea estudiar. Esa definición para que sea objetiva establece la siguiente regla: ‘tomar como objeto de investigación sólo un grupo de fenómenos previamente elegidos a través de ciertos caracteres exteriores comunes y comprender en la misma investigación a todos los que respondan a esa noción’. Para Durkheim el concepto vulgar no es totalmente inútil, le asigna un papel de indicador.
Los caracteres exteriores los aprehenderemos a través de las sensaciones. El sentido común parte de ellas.

Durkheim hace una distinción –que será tomada posteriormente por Max Webe- entre el ser y el deber ser. La ciencia según Weber sólo se ocupa de la relación medios – fines. Todo medio en sí es un fin, pues debe ser deseado tanto como el fin mismo. Durkheim quiere que la ciencia pueda intervenir en la realidad y no simplemente una ‘observadora’ de la realidad. ¿De qué manera puede hacerlo?

Para ello ensaya varios criterios para distinguir entre salud y enfermedad. Primero, hay que establecer cuáles son las prenociones al respecto; luego, establecer por qué conceptualmente son inaducuadas. La primera pre-noción que estudiada respecto a la noción de lo patológico es el sufrimiento, el cual es considerado como indicador de la enfermedad. Pero no siempre es así; por ejemplo cuando el dolor no se presenta. Igualmente examina el criterio de la adpatación del organismo a su medio. La adaptación implicaría el estado de salud, mientras que la enfermedad indicaría todo lo contrario. Pero, afirma Durkheim, no hay cómo saber cuándo sabemos ante la mejor adaptación. El examen crítico de las nociones y de las conceptualizaciones la encontraremos a lo largo de la obra durkheimniana.

El pensamiento de Durkheim

Teoría Sociológica II (2003-II)
25 y 30 de Setiembre
Diego Ponce de León

En primer término es necesario reconocer el énfasis que hace Durkheim en el carácter prioritario de la sociedad por sobre los individuos. Existen estructuras que tienen una realidad objetiva por sobre los individuos y tienen poder para influir en los pensamientos y acciones de éstos.

Durkheim reclamaba para sí el calificativo de racionalista, en una época en que se forjaba una reacción contra el positivismo y se valoraba sobremanera la comprensión subjetiva de los hechos (Ej: Dilthey, Schopenhauer, Nietzsche, Bergson, Freud). En esta etapa se sustentaba que la razón era incapaz de responder a la problemática de la vida, el hombre aparecía movido por fuerzas subconscientes e irracionales. Las ideas de Durkheim no correspondían a las que, por la época, surgían y avanzaban. A pesar del contexto, Durkheim desarrolla su teoría en el sentido arriba mencionado. En esta lógica mirará la realidad social de una manera peculiar. Tal es el caso de su concepción de la religión.

En Las Formas Elementales de la Vida Religiosa Durkheim estudia a la religión de los arunta, una tribu australiana que manejaba una religión totémica, y trató de explicar el origen religioso de todas las categorías de conocimiento. A partir de ahí intentó hacer un paralelo general entre religión y ciencia.

Tanto la religión como la ciencia, dice Durkheim, son intentos de los hombres por explicarse el cosmos. Sin embargo estos intentos responden de distinta manera a la exigencia de dar respuestas. Mientras que la ciencia responde a interrogantes sobre el mundo empírico, y lo hace en medio de dudas y controversias, y en plazos indeterminados la religión da respuestas inmediatas a preguntas últimas frente a las cuales los hombres no pueden esperar.

En este punto podemos establecer una primera relación entre los postulados de Durkheim y los de Marx. Ambos coinciden e señalar a la religión como un producto de carácter humano, social e histórico. Pero, a diferencia de Marx, Durkheim a pesar de su racionalismo no plantea un rechazo hacia la religión. Pues considera que ella y la ciencia se sitúan en planos diferentes de la vida. Para Durkheim las entidades sagradas no son otra cosa que una proyección de las cualidades que los hombres ven en su misma sociedad. Por lo tanto habrá religión mientras haya sociedad.

Por otro lado, podemos afirmar que Durkheim llega a la sociología tratando de establecer una ciencia moral: para Durkheim la realidad social es, ante todo, una realidad moral. En toda sociedad existen lazos morales que conectan a los individuos entre sí. Estos lazos morales se organizan en relaciones de solidaridad. Ésta no debe entenderse en el sentido de “sentirse solidario con la suerte de…”. La solidaridad no es un sentimiento, sino el lazo objetivo que une a los miembros que forman parte de una misma sociedad en tanto que tales, y que –por ejemplo- hace que estén sujetos a las mismas normas, a los mismos valores.

Durkheim distingue dos tipos de solidaridad: mecánica y orgánica. La solidaridad mecánica caracteriza a las sociedades “primitivas” (desde el punto de vista inconfundiblemente evolucionista de Durkheim) y tiene sus raíces en la semejanza de los miembros de la sociedad. Cuando la solidaridad es mecánica, existe gran fuerza de la conciencia colectiva, que es la suma de creencias y sentimientos comunes a los individuos (o al menos a la mayoría) y cubre en gran media sus voluntades.

La conciencia colectiva trae consigo una forma particular de estructura social, mediante la homogeneidad que supone. Esto puede ocurrir de dos maneras:

a) Con la ausencia total de centralización: Cuando no existe una autoridad en el grupo social, no existe organización interna. Los individuos se mantienen juntos sólo por el efecto de sus semejanzas, es decir su “adhesión unánime”.

b) Con el sometimiento a la centralización: se basa en relaciones unilaterales y no recíprocas. Por lo tanto, al margen de la existencia de división del trabajo, la solidaridad es mecánica. Es el caso de la manutención del poder absoluto por parte de un único gobernante, el cual encarna lo colectivo.

Podemos notar que puede existir una cierta división del trabajo en las sociedades con solidaridad mecánica (hay una distribución de tareas según sexo, edad, etc.). Sin embargo, ella no ha alcanzado la etapa de la especialización.

Conforme se desarrolla la división del trabajo las relaciones de solidaridad varían hasta conformar una solidaridad orgánica, basada en la heterogeneidad de los individuos. Este tipo de solidaridad no estará basado en la semejanza sino en la interdependencia. Los individuos se agrupan en virtud de la naturaleza particular de su actividad. Los lazos morales tendrán sentido en la diferencia de los roles que juega cada individuo.

Aparentemente los tipos de solidaridad no se yuxtaponen: para que exista uno en una sociedad debe desaparecer el otro, mientras uno avance el otro retrocederá. Sin embargo Durkheim dice también claramente que se trata más bien de aspectos que se encuentran en toda sociedad. Esto es más claro en el caso de la solidaridad mecánica, pues al discutir la solidaridad contractual sostiene que una sociedad no puede basarse en la división del trabajo, sino en lazos que le con previos: la sangre, el suelo, la tradición.

Por lo tanto para Durkheim son los lazos morales, organizados por la solidaridad, los que configuran la sociedad. La división del trabajo no hace más que modificar el aspecto de la solidaridad. La sociedad no se fundamenta en la división del trabajo.

Para Marx, la división del trabajo es fuente de conflicto y no de solidaridad ni de lazos morales. Durkheim aparentemente coincide con Marx en que la división del trabajo es generadora de desigualdades, pero para Marx las relaciones de interdependencia sentarán sus bases sobre intereses egoístas, mientras que para. Durkheim la división del trabajo creará lazos morales que permiten la integración de la sociedad. Además, en el horitonte de Durkheim no está la abolición de la división del trabajo, mientras que para Marx ello es algo que el mismo desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas posibilita y que sus contradicciones hacen necesario.

Por otro lado, para Marx, la realidad social histórica se fundamenta en una relación con la naturaleza, la cual está destinada a satisfacer necesidades en una orientación marcada por la eficacia, en la que los medios deben corresponderse con los fines. Las relaciones hombre-naturaleza son, para Marx, el escenario de la historia. Esta conexión supone relaciones de producción. Tema en el que Durkheim dará una explicación distinta.

Para aclarar este punto es útil recurrir al tema de la propiedad. Para Marx, la propiedad en la que la tierra constituye la base de la economía, y por ello está destinada a la producción de valores de uso, hay apropiación de la tierra como supuesto del trabajo y como modo objetivo de existencia. De esta forma se destaca que la propiedad nace de la necesidad del hombre por satisfacer sus necesidades en una relación con la naturaleza que desemboca en relaciones económicas.

En cambio, para Durkheim, la propiedad de la tierra depende de un lazo moral legitimador del propietario o del que hace uso. En sus inicios la propiedad fue sagrada, si los hombres querían hacer uso de ella debían legitimarse moralmente, por ejemplo, mediante sacrificios para agradar a los dioses.

El carácter de la propiedad en este punto es trasladado por Durkheim a todos los tipos de ésta que se distingan. Esto se refleja en el derecho, que hace referencia a ciertas normas reguladoras del derecho de propiedad. Se sirve del derecho para demostrar que la propiedad no necesariamente supone trabajo. La propiedad se basa más en relaciones hombre-hombre que las de carácter hombre-naturaleza. (Nota: También es así para Marx, pero él distingue entre propiedad y apropiación. Esta última está referida al uso efectivo, al destino de los bienes. Ello permite preguntarse también sobre su efecto en la sociedad.)

Para Durkheim las relaciones con la naturaleza son irrelevantes para entender lo social. Durkheim construye la Sociología como un espacio intelectual que permite entender lo social por lo social. Los individuos se relacionan con la naturaleza desde lo social, interpretándola simbólicamente a partir de lazos sociales.

En suma, la vida social tiene un trasfondo moral que engloba tanto a las acciones y relaciones de los individuos como a las normas reguladoras. Los lazos morales entre humanos abarcan, en su accionar, a los objetos que éstos poseen. Así, el hurto de la propiedad no está permitido porque se le falta el respeto al propietario, pues la propiedad implica un lazo moral. La indiferencia a la norma indicaría que no se reconoce un lazo moral.

En síntesis podemos decir que, para Durkheim, la base última de la vida social es moral, mientras que para Marx el elemento moral no aparece en términos teóricos. Está presente en él, de dos maneras: a) como un hecho que aparece empíricamente (ej. Marx afirma que la jornada de trabajo no va más allá debido a ciertos límites morales, que se establecen históricamente), y b) en la indignación que preside toda su crítica al capitalismo.